miércoles, 1 de agosto de 2007

Leyendo espero...

Mientras mi paciencia llega niveles dignos de mención honorífica esperando que me entreguen mi compu para poder scanear y postear mis apuntes como siempre; releo esta nota que hice para la sección fan, de Radar, el suplemento de Página/12; invitada por Cecilia Sosa hace algunas semanas, en ocasión de la muestra colectiva que se hizo en Wussmann durante junio y julio.


Radar | Domingo, 08 de Julio de 2007
fan
Asesinato en tres trazos
Una artista plástica elige su obra favorita: María Delia Lozupone y Mord (1916), de George Grosz


Un hombre tirado en el piso con un puñal clavado, una perra muerta, una mujer desnuda que desde su ventana ha presenciado todo enmudecida. Un entorno despojado, un árbol seco que separa la escena de la ciudad lejana. Parte de la pierna y el pie del asesino que escapa a plena luz del día. Uno de los dibujos a los que siempre vuelvo es de George Grosz, se llama Mord y es de 1916.

Todos los trabajos de Grosz me gustan muchísimo y paso bastante tiempo analizándolos; aprecio los trazos y las formas, examino cómo ordena los elementos, las tensiones que genera, cómo construye sus narraciones visuales; el carácter cruel y desesperado que tienen sus personajes me atrae y me perturba simultáneamente.
Gran dibujante, ojo-cerebro, persistencia, inteligencia, destreza, talento, carácter. Suelo copiar sus dibujos. De los que he visto, tal vez éste sea el más descarnado, teatral, limítrofe, primitivo. Tiene la línea potente del boceto (como una foto instantánea, da la sensación de que si el dibujo hubiera estado trabajado más tiempo, la escena del crimen habría cambiado, resultando imposible ser testigo de la huida del homicida y la pavura de la mujer, ¿se hubiera llenado de curiosos el lugar?), dura, escueta; no hay ningún elemento de más, ni de menos. Eso es lo que me embruja, que alguien ponga en escena todos sus recursos y casi ninguno a la vez, que cuente una historia con una oración, ¿cómo hizo para dibujar una instantánea de ese momento en clave infantil?, ¿qué hace ese sol con cara (también mudo, como la mujer) ahí arriba?
Quizá sea eso de la cualidad narrativa del dibujo lo que me guste, como si tuviera algo de historieta, como si fuera un cuadrito sin su entorno gráfico (el cuadrito), que no necesita de un antes ni un después porque solo se lee muy bien.
Cuando dibujo, intento que los personajes digan lo justo, que no hablen de más, mejor que hable el dibujo, la secuencia, los objetos, los planos, los encuadres; hay que saber mostrar y ocultar para narrar algo interesante; jugar con el que mira, meterse con su curiosidad.
De hecho empecé a entender el trabajo de Grosz y de muchos alemanes de principios del siglo XX en el taller de Alberto Breccia en el que mis compañeros, con los que luego editamos la revista El Tripero, me contagiaron ese fanatismo.

George Grosz retrató a la masa desquiciada que sobrevive como puede, lo animal y cruel que late en cada uno de nosotros; ya lo sabemos: nadie escapa al instinto. Sus dibujos exorcizan mis ojos, curan mi terror, protegen y alimentan mi espíritu. Cada vez que me detengo a mirar las láminas de Ecce Homo me vuelvo carne, desciendo, siento ese vértigo que enseguida me impulsa a buscar lápiz y papel.

M. D. Lozupone*.


Algún crítico aseguró que la obra de George Grosz era “el catálogo más definitivo de la depravación humana en toda la historia de la pintura”. Los dibujos, grabados y pinturas de Grosz reflejaron feroz y satíricamente las contradicciones de la Berlín de la posguerra, la capital de la República de Weimar: mutilados de guerra, prostitutas marcadas por la enfermedad, veteranos mendigando, criminales sexuales, descuartizadores y uniformados que balean a trabajadores indefensos.

Mord (asesinato en alemán), la obra elegida, forma parte de Ecce Homo (1923), un libro crítico de la clase dominante alemana y su industria de guerra, que incluyó los trabajos satíricos de Grosz producidos entre 1915 y 1922. Las imágenes de Ecce Homo acarrearon a Grosz un proceso por “difusión de escritos inmorales” y otro por “blasfemia”. En 1933, Grosz tuvo que abandonar Berlín a los 39 años de edad: el nazismo en alza terminó considerándolo “el bolchevique cultural número uno”. En su exilio norteamericano, Grosz renegó de lo más intenso de su obra europea y se esforzó largamente por convertirse sin éxito en un ilustrador “agradable”. Recién volvería a su tierra natal en 1959, seis semanas antes de morir desnucado al rodar escaleras abajo luego de una noche de borrachera.


* María Delia Lozupone expone junto a Fernanda Cohen, Dani Dan y Sebastián Freire, en la muestra Arte Joven en la Galería Wussmann, Venezuela 570. Hasta el 25 de julio.